Yo estoy pensando en sacrificarlo y él me sonríe. La gente cree que los gatos no sonríen, pero llevamos catorce años juntos, claro que sé cuándo está sonriendo. Abre más los ojos, levanta la barbilla, tensa los bigotes. Entonces viene hacia mí con el rabo levantado y se frota y quiere que lo acaricie.
Le dura unos treinta segundos antes de volver a buscar dónde tumbarse. Y yo acerco su comida y me gruñe mientras se la fuerzo en la boca porque ya no quiere comer. Luego se acurruca con su aire cansado y se pasa horas sin levantarse, y sé que ya no puede más, que no va a ir a mejor y que tengo que dejarlo ir. Y me mira y me sonríe.
Sunday, 30 August 2015
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