El juicio no pintaba nada bien. Con su madre desquiciada y su padre muerto, no había nadie que pudiera defender por qué se escapó de casa la primera vez. Y a ella le daba igual.
Mario tampoco podía ayudar, cuando la encontraron había cumplido ya 15 años y tenía un hijo de él. Pero él qué sabía. Se enamoró a primera vista de esa preciosa morena de ojos verdes que pedía limosna con tanta dignidad. Y ella no se lo dijo. De hecho, nunca le dijo nada, ya hace años que no se dignaba a abrir la boca, pero tenía un aire de seguridad que hacía que pareciera mayor de lo que era, y él no pudo o no quiso saber que aún era una niña.
Raquel. Nadie lo hubiera dicho nunca al ver su cruel indiferencia, pero todo lo hizo por la niña, por su hija. Sentía que su vida ya estaba perdida, pero quería darle a la pequeña la vida que ella no tuvo, y por eso dejó que las cosas pasaran, sin más. Cuando la policía se la llevó y el hombre al que quería se convirtió en sospechoso de secuestro, violación y pederastia, cuando el putero de su padre la metió en el burdel para recuperar el dinero que podía haber ganado cuando intentó vender su virginidad.
Ahora Raquel no lo sabe, pero quiere seguir sufriendo. Es su autoestima, ha caído tanto que cree que se merece todas las desgracias que le pasen, que le separen de la familia que intentó tener, para no hacerles más daño todavía. Por eso tiene esa tranquila expresión de complacencia, por eso no mira a nadie, por eso su abogado odia este caso.
Pero nada de ésto habría pasado si la pequeña de seis añitos no hubiera llorado por conocer a su madre. Mario no habría tenido que verla flirteando con un cliente, no se la habría llevado por la fuerza, no habría tenido que oír a los profesores decirle que el abuelo de su hija había ido a buscarla más pronto al colegio, no habría visto a Raquel salir por la puerta antes de recibir la noticia de la policía de que había acuchillado a su padre. Y no tendría que estar testificando para intentar salvar a una persona que no quiere ser salvada.